3/3/08

Harry Potter y la piedra filosofal (reversionada por LordTenebrum) ~Primera parte~

Érase una vez un niño muy pequeño que nació siendo más famoso que la hija de la Letizia Ortiz. Lo que le caracterizaba era una cicatriz en la frente en forma de rayo, seguramente una calcomanía que le pusieron posteriormente al bautizo y se le quedaría pegado en la frente de por vida. Era huérfano porque sus padres fueron asesinados por el vil y malvado señor tenebroso (he aquí un servidor) por un hechizo de efectos baratos. Fueron asesinados con un toque de varita a lo Magic Andreu -con mucha floritura, ¡olé!- y de ahí salió un haz de luz verde. Sí, una bengala era lo que tenía, no una varita. Estoy seguro de que no murieron por el conjuro, sino por el ataque epiléptico que les causó la dichosa bengala.
Centrándonos en el personaje principal, el señor tenebroso (¡hola!) quiso asesinar al niño de la cicatriz con la bengala pero no pudo. El hechizo de la bengala verde rebotó contra el tenebroso y se quedó en un estado de semi-muerto. No sé qué diablos hizo para sobrevivir y convertirse en un alma errante. Pura magia, será. Ahí nació la leyenda del niño de la cicatriz: Harry Potter. Tiene un nombre hortera, ¿eh?
Así derrotó al señor tenebroso. Mi teoría es que ese día se olvidaron de cambiarle el pañal y, al asustar el bebé, el pobrecillo se cagó de miedo. Al no soportar semejante pudor, el señor tenebroso cayó redondo de la explosión fecal que tuvo que separarse de su cuerpo con vudú para ser inmune a esos olores. Pero ese fue el precio de su huída, ser un alma o un fantasma o una sombra o lo que sea.
Se enteraron de la noticia (es que la familia Potter tenían unos vecinos muy cotillas) enseguida y magos acudieron en la ayuda pero era demasiado tarde. Los Potter murieron dejando solamente su legado. Se lo llevó Rubeus Hagrid, un semi-gigante (¡sí! Semi. ¿Por qué? Porque era hijo de gigante hembra y hombre macho. ¿Que cómo se puso la semillita? Toda una incógnita. A la espera de que Rowling lo cuente.), con una moto gigante -evidentemente-, un paraguas rosa hortera y barba de gigante. Original, ¿eh?
Tenía órdenes de dejar a Harry con sus tíos. Que éstos no eran magos. Eran muggles. La Rowling inventó este término para referirse a los no magos en el lenguaje del mundo mágico.
Harry Potter creció bajo el yugo de sus tíos. Eran los peores tíos que podían tener. Ropa de segunda (y tercera) mano, colegio público, sin amigos, sin padres, durmiendo debajo de una escalera... Vamos, peor que estar en un orfanato. Lo que él no sabía es que era mago, es decir, no muggle. Y al cumplir los 11 años llegó la hora de ir a una escuela de magia. ¿Cómo? Pues enviándole cuatrocientas cincuenta y ocho mil seiscientas trece cartas por el buzón. A base de contratar un cartero por horas, cuatrocientas cincuenta y ocho mil seiscientas trece lechuzas (para atar las cartas a ellas) y una buena fotocopiadora a color con reservas de tinta para unos cuantos años (que seguramente les llevaron once años realizar todas esas cartas). Finalmente, después de árduas disputas con los tíos de Harry Potter, emprendió su propia historia llena de aventuras.
Conoció, por fin, a Rubeus Hagrid (aún me preguntó de "dónde salió") que introdujo a Harry en el mundo de la magia.
En sus primeros pasos en la magia, Hagrid guió a nuestro protagonista hasta el callejón Diagon, el sitio donde todos los magos y magas van a comprar.
Pero antes fueron al banco de los magos, Gringotts. Harry descubrió que era rico. Tenía más monedas que píxels en una resolución 1280 x 1024. Y monedas de las de oro, las doradas.
Hagrid le explicó las divisas que se usaban en aquel mundo. Como era menor, Hagrid tomó las riendas del dinero (no era tan tonto). Compraron el material del colegio. Por mucho mundo mágico que fuera, un niño no se salva de los libros, ni el uniforme, ni la varita (o bengala) ni su mascota.
Se compró todo. Incluso una varita (recién sacada de Magia Borrás) que tiraba chispitas rojas. El dueño de la ¿varetería? se quedó perplejo al ver a Harry (y a su calcomanía en forma de rayo) y por la varita que le tocó. Hay un cuento chino que dice que la varita elige al mago, que si no es compatible te empieza a romper la vajilla que te regalaron el día de tu boda o el jarrón que esté en la entrada del recibidor, pero si es compatible empieza a actuar como una bengala (pero como las de San Juan, esas de los petardos pero con mejores efectos).
Hasta Hagrid (aprovechándose del dinero) le "regaló" (con el propio dinero del prota) una lechuza blanca, que sirve para enviar cartas. Le llamó Hedwig.
Harry ya estaba listo para partir hacia Hogwarts, el colegio de magia (no era el único pero como si lo fuera).
(Fin de la primera parte)

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